El bebé que no quería nacer



 

Había una vez un bebé dentro de la tripa de su madre. Cada día que pasaba crecía un poco más y cada vez el espacio que había para estar a gusto era menor. La verdad que no se podía quejar, en aquel espacio, aunque cada vez más pequeño tenía todo aquello que necesitaba para vivir. Tenía comida siempre que necesitaba, también tenía una temperatura cómoda y adecuada, podía dormir todo aquel tiempo que él quisiera y si por un casual estaba incómodo, con dar una patadita al vientre de su madre, podía conseguir que la situación mejorara.

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Si bien es cierto que el pequeño, que al principio podía campar a sus anchas en aquel espacio tan acogedor, crecía tan rápido que a los meses ya no le quedaba casi amplitud. Durante un tiempo pensaba impaciente en la hora para salir de esa especie de cárcel en la que se encontraba que no le dejaba apenas ver la claridad que había fuera y sólo dejaba oír sonidos lejanos y sordos.

A medida que pasaba el tiempo, y cada vez más cerca de liberarse de lo que él pensaba que era un cautiverio, se empezó a plantear las cosas de otra manera. ¿Qué es lo que habría fuera? ¿Es que estaba él tan a disgusto en ese lugar en el que no le faltaba ninguna de sus necesidades por cubrir? Y a medida que fueron pasando los días, sus pensamientos al igual que él, iban creciendo en su mente. ¿y si lo que me espera fuera da tanto miedo como parece desde aquí? ¿y si hace frío o calor y no puedo estar a gusto? ¿y si no puedo comer cuando tenga hambre?

Esos pensamientos cada vez más elaborados, le hacían pensar cada día más en que lo que esperaba fuera quizás no fuera la libertad sino el verdadero cautiverio y decidió que quería permanecer ahí para siempre. Quizás lo que ya tenía era lo bueno y lo que había fuera era algo horroroso. Sólo ese miedo era lo suficientemente grande para no querer conocer lo que le esperaba. Podía aguantar la incomodidad del espacio pequeño a cambio de continuar tranquilo en su presente.

Pero, muy a su pesar, nació. Y así descubrió que le esperaban miles de colores, olores, texturas, caras, sonrisas, sabores y miles de cosas más. Cosas a las que él había temido y que sin conocer, por no darlas tiempo a llegar en la realidad antes que en su cabeza, había aprendido a evitar, quedando anclado en su interior.

Como en el cuento, las personas solemos aferrarnos a aquello que conocemos. Es posible que lo que en ese presente tenemos sea bueno, a veces incluso que simplemente pensemos que podemos aguantar aunque sea algo complicado o algo malo. Y todo ello por no salir de nuestra zona de seguridad y ver si ese futuro incierto trae ya no digo algo bueno, sólo diferente.